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Cómo afecta a las petroleras la cultura de la cancelación

Hay una cultura de la cancelación por la cual los bancos están dejando de financiar a las compañías petroleras. Una demonización que se pagará caro.

Por Gonzalo Chiarullo, CEO de INVAR

La cultura de cancelación llegó a los bancos. HSBC, Lloyds Bank, Caisse des Depots, Credit Agricole, entre otros grandes bancos han iniciado un abrupto proceso de desinversión en la industria Oil & Gas, procurando reducir su exposición a industrias “contaminantes” a la vez que incentiva una transición a fuentes de energía más amistosa con el medio ambiente.

La producción de petróleo y gas conlleva enormes cantidades de dinero invertido en largos periodos de tiempo. Su inversión es intensiva en capitales y extensiva en el tiempo, dado que requiere grandes arribas de dinero para desarrollarse y un largo tiempo hasta que se vuelven rentable. En un mundo en constante conflicto y con productores aun sufriendo las consecuencias, que los fondos y bancos de inversión comiencen a retirarse de la industria pretendiendo así contribuir a una mejora en el “cambio climático” no hace más que vaticinar una profunda crisis que acentuará los efectos de una energía cara, concentrada y de costosa operación.

La cultura de cancelación es definida como el fenómeno de retirar apoyo, en este caso financiero, a aquellas personas o instituciones que transgreden ciertas expectativas que se tenÍan hacia ellas.

Puesto en perspectiva, resulta apropiado considerar que esta política de transición lejos está de responder a un plan serio, integrado y con perspectiva de largo plazo de reemplazo de fuentes de carbono hacia otra fuente más amistosa con el medio ambiente, sino que responde a presiones de tipo cortoplacista, de protección de la percepción que el público tiene sobre sus bancos y de evitar el riesgo de que se le aplique la misma política que ellos están llevando a cabo: nadie quiere enfrentar el costo reputacional de financiar una empresa que esté siendo asediada por una cultura que cancela lo que no le gusta, por poco que la entienda e ignore cuánto la necesita y emplea en el días día.

La caída de la inversión en esta industria retraerá la oferta, incrementará su costo y se replicará sobre el resto de la economía, puesto que el transporte influye en el precio de todo bien y servicio.

Lejos está de esta cultura el verdadero principio de las finanzas sostenibles: el cambio de un sistema energético centrado en combustibles fósiles a uno de baja o nula emisión de carbono. Si entendemos que están cancelando a aquellos que satisfacen una demanda, lo correcto sería el implementar políticas que modifiquen la particularidad de la demanda y se incentive el reemplazo. Es decir, fomentar más autos eléctricos, no por menos estaciones de servicios, ya que esto generaría que la única estación de servicio pondría en precio del litro de nafta conforme guste, total no tiene competencia.

Las finanzas verdes no implican la demonización, persecución y cancelación de aquello que se pretende abandonar, sino que procuran visibilizar de la importancia de una transición desde adentro y hacia recursos más amigables, sin atentar al delicado equilibrio entre una transición ordenada a una transición impuesta desde afuera, forzada y con violencia cancelatoria.

Estas nuevas políticas no hacen más que evidenciar lo que sucede cuando el asediado le concede terreno al atacante sin luchar: se le concede la creación de una verdad que se disemina como cierta y se la encumbra como absoluta. Mostrar la otra verdad es la mejor manera de mantener las expectativas ajenas en el ámbito de lo individual y evitar que llegue al directorio de un banco condescendiente.

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