RIGI

Desde el RIGI argentino hasta la reforma chilena

Por: Francisco Bascur Tapia

Consultor Senior Socioambiental y de Asuntos Públicos. Director Ejecutivo de B. Consultoría

Durante años, Chile vio a Argentina como un país política y económica inestable. La inflación permanente, la discrecionalidad regulatoria, los controles cambiarios y los ciclos políticos hicieron que gran parte del capital internacional viera al otro lado de los Andes desde la distancia. Chile, sin embargo, ofrecía lo que los inversores suelen querer saber más de lo que quieren: reglas, instituciones predecibles y una reputación de seriedad.

Pero esa imagen, todo indica, que ha empezado a cambiar. La política del Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) en Argentina de Javier Milei y el programa de reforma económica, fiscal y regulatoria en Chile de José Antonio Kast no es simplemente una coincidencia de intereses ideológicos. Ambos países parecen haber comprendido que la competencia en la región para atraer capital ya no se limita a las tasas impositivas, sino también a la rapidez del Estado, la estabilidad regulatoria y la capacidad de ofrecer certeza a largo plazo.

El RIGI argentino fue establecido por la Ley 27.742 para atraer inversión nacional y extranjera en las industrias de energía, minería, infraestructura, tecnología, forestal, turismo, acero y petróleo. También requiere una inversión mínima de US$200 millones y una inversión temprana de proveedores locales. Pero el elemento más significativo es político y legal: garantiza seguridad y previsibilidad a los grandes proyectos de inversión que deben durar mucho tiempo.

El Salar de Cauchari-Olaroz, en la Puna jujeña, es la mayor operación de litio de Argentina.

El Salar de Cauchari-Olaroz, en la Puna jujeña, es la mayor operación de litio de Argentina.

Los números explican por qué el RIGI se convirtió rápidamente en una señal regional. El 11 de junio de 2026, el Ministerio de Economía argentino informó de 16 proyectos aprobados por $29.892 millones con 54,495 empleos directos e indirectos. Y 25 proyectos estaban en revisión por $111.037 millones, elevando el alcance mundial a más de US$140 mil millones y alrededor de 197,000 empleos.

No es solo una política sectorial. Es una declaración de competencia. Argentina le está diciendo al mundo que después de años de incertidumbre está preparada para proporcionar estabilidad fiscal, aduanera y cambiaria para captar grandes proyectos. Incluso extendió el plazo para adherirse al régimen hasta el 8 de julio de 2027 e hizo los ajustes necesarios para proyectos de petróleo y gas, tecnología, biotecnología, inteligencia artificial, movilidad eléctrica e industria nuclear.

Chile tiene un problema diferente, sin embargo. No necesita convencer al mundo de que existe institucionalmente. Pero sí tiene una ventaja que comenzó a desgastarse: la certeza que necesitamos para hacer algo. El problema chileno ha sido más que capital: han sido permisos, plazos, judicialización, fragmentación institucional y conflicto territorial. Aquí la reforma del sistema de permisos sectoriales está en el corazón de la situación. El Ministerio de Economía declaró que la Ley Marco de Autorizaciones Sectoriales reduciría el tiempo de tramitación entre un 30 y un 70% y los plazos de los proyectos en un 50% para proyectos estratégicos para el desarrollo nacional sin comprometer los estándares ambientales o técnicos.

Si comparamos las dos realidades, vemos que: Argentina está tratando de compensar décadas de desconfianza y tiene una buena promesa de estabilidad en el futuro. Chile está tratando de abordar la pérdida de dinamismo de un modelo que fue exitoso durante años, pero luego se volvió lento, complicado y a menudo impredecible. Argentina quiere ser como Chile cuando aún no lo era para Chile. Chile quiere volver a ser competitivo, pero no perder su lugar en las instituciones ambientales y democráticas.

Rincón de Aranda de unos de los proyectos estrella de Pampa Energía.

Rincón de Aranda de unos de los proyectos estrella de Pampa Energía.

Pero al mismo tiempo, ambos enfoques tienen puntos ciegos: ni el RIGI ni una reforma de permisos garantizarán la viabilidad territorial por sí mismos. Reducirán la incertidumbre en los procesos legales, mejorarán los flujos financieros, acelerarán los permisos y harán que el Estado sea más organizado. Pero ningún decreto, ley o beneficio fiscal garantizará la legitimidad social. Y esa es probablemente la principal lección de los grandes proyectos de inversión en América Latina.

Los proyectos no fracasan simplemente porque faltan incentivos. Fracasan cuando llegan demasiado tarde al territorio, cuando sobreestiman a las comunidades, cuando confunden información con relaciones estratégicas, cuando reducen la participación a una obligación formal, o cuando piensan que una autorización administrativa equivale a aceptación social.

Esta es la nueva frontera de la competitividad. El capital considerará impuestos, estabilidad cambiaria, permisos y seguridad legal. Pero también considerará el riesgo social, la reputación, el conflicto local, la gobernanza comunitaria y la capacidad de anticipación. Un proyecto puede ser financieramente atractivo y regulatoriamente aprobado, pero territorialmente inviable. Esa contradicción ya no es un caso excepcional, es un hecho fundamental de que la inversión está incrustada en la economía política.

Así que la verdadera competencia entre Chile y Argentina no solo será sobre quién tiene mejores incentivos. Será sobre quién puede convertir grandes anuncios de inversión en proyectos sostenibles, aceptados y ejecutables. Argentina puede proporcionar estabilidad durante décadas, pero tiene que demostrar que sus proyectos pueden coexistir con territorios, comunidades, pueblos indígenas, demandas ambientales y tensiones federales. Chile puede acelerar los permisos, pero debe evitar que la simplificación administrativa se perciba como un debilitamiento de los estándares o como una forma de eludir los territorios.

La estabilidad económica atrae inversiones. La estabilidad regulatoria las organiza. Pero la estabilidad territorial las hace posibles. Esa debería ser la lección subyacente. En la nueva carrera sudamericana por el capital, la ventaja competitiva no estará en el país que prometa menos impuestos o permisos más rápidos. Estará en el que logre combinar certeza legal, institucionalidad eficiente y legitimidad social. Las inversiones se hacen en oficinas, pero se desarrollan en territorios. Y es allí, finalmente, donde se gana o se pierde el futuro de los grandes proyectos.

En esta nota

Las más leídas