Demanda de electricidad de la IA: cifras clave y el caso Patagonia
La IA multiplica el consumo eléctrico global. Cifras de la IEA, la tensión en EE.UU. y por qué la Patagonia argentina se volvió estratégica.
El crecimiento acelerado de la inteligencia artificial (IA) ya no se mide solo en modelos y usuarios: se mide en megavatios. Detrás de cada consulta a un chatbot o cada entrenamiento de un modelo de gran escala hay una infraestructura física —los centros de datos— que consume cantidades crecientes de electricidad, agua y espacio.
La Agencia Internacional de Energía (IEA) confirmó que la demanda eléctrica global de estas instalaciones creció un 17% en 2025, mientras que el consumo específico de los centros enfocados en IA se disparó un 50% en el mismo período. Esa curva ascendente ya está redefiniendo mapas energéticos enteros, desde Virginia hasta la Patagonia argentina.
Motor del consumo eléctrico
Según proyecciones de Gartner de 2026, el conjunto de los centros de datos —incluidos los orientados a IA— consumirá 565 TWh de electricidad este año, de los cuales los servidores optimizados para inteligencia artificial representarán el 31% del total, con un crecimiento interanual del 84%. La propia IEA estima que el consumo global podría rondar los 945 TWh hacia 2030, casi el doble que en 2024.
El motor detrás de este salto es el hardware: los procesadores gráficos (GPU) de última generación, cada vez más potentes, concentran la mayor parte del consumo. Como referencia de escala, el Congreso de Estados Unidos calculó que entrenar un modelo de gran tamaño con ocho GPU avanzadas durante ocho horas, a una utilización promedio del 93%, insume 62 kWh. Multiplicado por millones de ejecuciones diarias en todo el mundo, ese consumo se convierte en el cuello de botella más crítico de la industria: no faltan chips, falta energía firme para alimentarlos.
Estados Unidos, bajo presión
Ningún país concentra tanta infraestructura de IA como Estados Unidos, y ahí la tensión ya es política. Esta semana, el presidente Donald Trump anunció un compromiso no vinculante entre productoras de energía y compañías tecnológicas para financiar o construir la infraestructura eléctrica necesaria para sostener el boom de la IA, buscando además evitar que la factura le llegue al consumidor residencial. A cambio, el gobierno les otorga a esas empresas la posibilidad de construir sus propias centrales eléctricas.
El anuncio no logró despejar las dudas. Asociaciones de defensa del consumidor calificaron el compromiso de simbólico y sin mecanismos de cumplimiento, mientras que la Administración de Información Energética proyecta que las tarifas residenciales de electricidad subirán un 5,1% en 2026 y un 2,4% en 2027.
En paralelo, se multiplican las audiencias comunitarias —algunas hasta la madrugada— donde vecinos rechazan nuevos centros de datos por el ruido, el impacto ambiental y el temor a pagar más por la luz. El sector, a través de la Data Center Coalition, defiende su rol al sostener que da soporte a servicios esenciales como la telesalud, la educación digital y los sistemas bancarios.
Patagonia, nuevo polo con energía limpia
Mientras Estados Unidos discute cómo sostener su propia demanda, la Patagonia argentina emerge como uno de los destinos más codiciados para la próxima generación de centros de datos.
En octubre de 2025, OpenAI y la desarrolladora argentina Sur Energy firmaron una carta de intención para construir en la región el mayor centro de datos de América Latina: el proyecto Stargate Argentina, con una inversión estimada de hasta 25.000 millones de dólares y una capacidad de 500 megavatios, ocho veces más grande que la mayor instalación actual de la región, ubicada en San Pablo.
La elección de la Patagonia no es casual. La zona combina cuatro factores decisivos para la industria: energía renovable abundante (parques eólicos con factores de capacidad superiores al 40% e hidroeléctricas de escala industrial, como Piedra del Águila, con 1,44 GW instalados), baja densidad poblacional y espacio disponible, un clima frío natural que reduce drásticamente el gasto en refrigeración —que en un centro de datos convencional representa entre el 30% y el 40% del consumo eléctrico total— y conectividad de fibra óptica con cables submarinos. El proyecto, que evalúa terrenos en el departamento de Confluencia, en Neuquén, se apoya en el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) impulsado por el gobierno de Javier Milei. Sam Altman, CEO de OpenAI, lo presentó como una iniciativa que busca, en sus palabras, poner la inteligencia artificial al alcance de la gente de toda la Argentina.
A ocho meses del anuncio, los avances públicos son limitados y OpenAI reconoce que se trata de un proyecto complejo y de largo plazo. Tesla, por su parte, evalúa en paralelo un centro de datos propio en Neuquén junto a YPF Luz.
Los riesgos detrás del boom
El entusiasmo por la llegada de estas inversiones convive con tensiones concretas. Los centros de datos de gran escala requieren millones de litros de agua dulce para refrigeración, un dato sensible en una Patagonia que ya enfrenta estrés hídrico y ríos con caudales históricamente bajos, y que además comparte cuenca con la actividad de fracking de Vaca Muerta. En materia laboral, si bien la construcción genera miles de empleos temporales, la operación de una instalación de esta escala emplea de forma permanente apenas entre 50 y 100 personas.
El otro punto pendiente es la regulación. Mientras Brasil exige energía 100% sustentable para otorgar beneficios fiscales a los centros de datos y Chile cuenta con un Plan Nacional de Data Centers 2024-2030, Argentina todavía no tiene normativa específica para este tipo de instalaciones: los beneficios fiscales del RIGI no exigen condiciones de sostenibilidad, eficiencia hídrica ni compromisos de desarrollo tecnológico local.
La ecuación que viene
El patrón se repite en distintas escalas: la IA necesita cada vez más electricidad, y esa necesidad reconfigura decisiones de inversión, política energética y hasta el mapa geográfico de la industria tecnológica.
Estados Unidos intenta sostener el ritmo sin trasladar el costo a los hogares; la Patagonia argentina se posiciona como una de las piezas clave gracias a su energía limpia y su clima. La pregunta que queda abierta, tanto en Washington como en Neuquén, es la misma: quién paga —y quién se beneficia— de la energía que la inteligencia artificial necesita para seguir creciendo.
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