Vaca Muerta

Vaca Muerta: el sostén para evitar una crisis mayor

El consumo interno de naftas baja de forma estrepitosa. Es solo una parte de la crisis que se profundiza en el sector petrolero. Las provincias lo sienten en sus recursos.

POR FERNANDO CASTRO - Editor +e

El desarrollo de Vaca Muerta y del shale tuvo su última gran crisis en 2016. Todavía están quienes se empeñan en decir que esa baja del crudo a nivel mundial, que en Neuquén le dio impulso al desarrollo del shale gas, se asemeja a la actual. Lo cierto es que la única comparación posible es la de esta etapa temprana. Una en la que hay un momento incipiente de preocupación, con riesgo para la producción y para miles de puestos de trabajo.

Pero por fuera de esto, para el caso argentino (y para Vaca Muerta en particular) hay severas diferencias con aquel momento.

Al sector petrolero argentino (a las provincias productoras y todo lo vinculadas a esta actividad como lo están) lo encuentra en medio de la profundización de una crisis previa.

Lleva ocho meses de duración. Comenzó con la devaluación tras las PASO 2019, y el DNU 566, que intervino el barril de crudo a la baja. Ese principio de la actual película de terror en la industria tuvo enseguida una restricción macro: la imposibilidad de girar dólares al exterior para quitar presión al Banco Central de la República Argentina, una situación que solo cerró más la llegada de inversiones.

Vaca Muerta venía recibiendo entre 3000 y 5300 millones de dólares por año desde 2015. Un escenario en el que el mundo era otro. Pasó hace casi nada. Al mismo tiempo que en el país se discutía con cuánto petróleo sería posible salir por los puertos, o por el Pacífico, para no dejar que los caños rumbo a Chile sigan como un tótem de otra era.

Hay un poco de eso. Un poco de distopía, esa palabra que describe una realidad paralela que pudo ser y que no fue. Bastaron la OPEP+ y la falta de acuerdo, y el coronavirus, que fulmina a la humanidad, para asimilar una nueva crisis dentro de la crisis petrolera.

En medio (o desde antes), las indefiniciones internas, que tienen a la inexistencia previa de una política energética como un vector sobresaliente.

Esa tierra bastante arrasada hoy tiene como una suerte de salvataje para las provincias productoras, con Neuquén al frente, al precio sostén del crudo. El valor de u$s 54, que reclaman las provincias, es casi el que determina el precio en los surtidores de nafta, aunque poco a poco deja de traducirse en las transacciones de crudo al interior del país.

El barril de Brent perfora el piso de los u$s 25, que es lo mismo decir, juega con estiletazos de hiperrealidad en contra del rango de maniobras que tendrán las provincias petroleras para afrontar un terreno que puede ser crítico en los próximos meses, o lisa y llanamente días, si la pandemia extiende su poder de daño con mayor crueldad.

La caída del mercado interno de los combustibles (los estacioneros solo venden el 15% de su stock; las naftas de YPF cayeron 70% en el consumo) marca parte de la opción que le queda al país: las exportaciones... pero en un contexto de mercado internacional repleto de crudo. El caso neuquino podría ser arquetípico en varios aspectos: 15% menos de regalías a partir de enero; el recorte de la producción de YPF, principal desarrolladora de Vaca Muerta, podría impactar adicionalmente en Neuquén si la empresa no logra colocar su producción en el exterior.

Es solo parte del problema: las 850 pymes y los miles de empleados forman una nueva foto en el principal proyecto energético del país. Cada día cuenta, lo acuciante es dar respuestas al avance de una pandemia sobre la población vulnerable. Preservar el empleo y los recursos en las provincias debiera ser parte de esa misma estrategia en la que la capacidad de respuesta de los gobiernos locales será más vital que nunca.

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