Tras la recomposición tarifaria de 2024, la tarifa de gas natural por redes se ubica entre los servicios públicos que menos se encarecieron en términos reales. La creciente producción de Vaca Muerta y la sustitución de importaciones más costosas explican buena parte de esta dinámica y anticipan una ventaja estructural para los próximos años.
Durante los últimos años, la Argentina atravesó un importante proceso de recomposición de los precios y tarifas de los servicios públicos. Después de un largo período de congelamientos y subsidios generalizados, las tarifas de electricidad, gas, agua y transporte comenzaron a recuperar parte del valor perdido frente a la inflación. Sin embargo, detrás de esta corrección generalizada aparecen diferencias importantes entre los distintos servicios. Una de las más interesantes es la del gas natural, que después del ajuste inicial de 2024 se ubicó entre los servicios públicos que menos aumentaron en términos reales.
Los datos de tarifas publicados por la Universidad Nacional de La Plata permiten dimensionar mejor este fenómeno. Mientras el transporte público, particularmente el subte y los colectivos, multiplicó varias veces su valor real, el gas natural se ubicó en el tramo inferior de los aumentos, junto con la electricidad y apenas por encima del agua. Más aún, después de alcanzar un máximo durante 2024, la tarifa real del gas dejó de crecer y retrocedió respecto de aquel nivel. En otras palabras, aunque la normalización tarifaria significó un esfuerzo importante para los hogares, el gas no estuvo entre los servicios que más se encarecieron.
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Para entender esta dinámica hay que mirar más allá de las decisiones del Gobierno para los segmentos regulados. A diferencia de otros servicios públicos, el gas natural argentino está atravesando una transformación estructural de su oferta, impulsada fundamentalmente por el desarrollo de Vaca Muerta. La creciente disponibilidad de gas producido localmente en forma cada vez más competitiva, permite reemplazar importaciones considerablemente más caras y reducir el costo promedio de abastecer la demanda interna. Este cambio ya empieza a reflejarse en los precios y las tarifas y, probablemente, seguirá haciéndolo durante los próximos años.
De importar gas caro a producirlo en Vaca Muerta
Durante buena parte de las últimas dos décadas, la Argentina enfrentó una situación energética paradójica, consecuencia de políticas equivocadas. A pesar de contar con enormes recursos de gas natural, la caída de la producción convencional y la insuficiencia de inversiones obligaron al país a incrementar sostenidamente las importaciones para abastecer su mercado interno. El gas proveniente de Bolivia y, especialmente, el gas natural licuado (GNL) adquirido en el mercado internacional pasaron a ocupar un lugar creciente en la matriz de abastecimiento.
El problema no era solamente la necesidad de conseguir dólares para importar energía. El gas importado tenía un costo significativamente superior al producido localmente, que debía ser absorbido por los consumidores mediante mayores tarifas o por el Estado a través de subsidios. En cualquier caso, se trataba de un encarecimiento del costo económico de abastecer la demanda argentina.
El desarrollo del gas no convencional comenzó a revertir esta dinámica. La combinación de mejoras tecnológicas, mayor productividad y economías de escala permitió incrementar sostenidamente la producción de Vaca Muerta, mientras las inversiones en infraestructura de transporte comenzaron a facilitar su llegada a los principales centros de consumo.
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El impacto sobre los costos es importante. Según estimaciones de Empiria, entre 2015 y 2025 el costo medio del abastecimiento de gas natural en la Argentina se redujo en casi USD 2 por millón de BTU, como consecuencia de una matriz de suministro cada vez menos dependiente de las importaciones y de precios locales más competitivos. Se trata de una transformación que no depende exclusivamente de decisiones regulatorias o de subsidios fiscales, sino de una mejora genuina en las condiciones productivas de la industria, que tenderá a profundizarse en el futuro.
Esta diferencia es fundamental para entender lo que ocurrió con las tarifas en los últimos dos años. La recuperación de la cobertura tarifaria, es decir, de la proporción del costo del gas que efectivamente pagan los usuarios, no se explicó solamente por el aumento de las facturas. También contribuyó la reducción del costo que debe cubrirse. Mientras los consumidores comenzaron a pagar una proporción mayor del servicio, el costo promedio de ese abastecimiento disminuyó gracias a la expansión de la producción nacional.
Una ventaja que se refleja en las tarifas
La comparación histórica también permite poner en perspectiva los aumentos recientes. Aun después de la recomposición iniciada a fines de 2023, las tarifas del gas natural se mantienen por debajo de los niveles que registraban durante los años noventa y de los máximos alcanzados durante el anterior proceso de actualización tarifaria, entre 2016 y 2019.
Algo similar ocurre al comparar los precios argentinos con los del resto de la región. Los hogares de Uruguay, Chile y Brasil pagan por el gas natural por redes entre tres y cuatro veces más que los argentinos. Aunque estas diferencias también responden a distintas estructuras impositivas, regulatorias y de abastecimiento, muestran que el gas natural continúa siendo un servicio relativamente barato en nuestro país, incluso después de la eliminación de buena parte de los subsidios.
Esta ventaja resulta especialmente relevante para la Patagonia, donde las condiciones climáticas hacen que el gas natural tenga un peso importante en el consumo energético de los hogares. Pero sus beneficios económicos exceden ampliamente a las provincias productoras. El gas barato también contribuye a reducir los costos de la generación eléctrica, mejora las condiciones de competitividad de las industrias que utilizan energía intensivamente y permite destinar menos recursos fiscales a subsidiar el abastecimiento.
De hecho, los subsidios energéticos pasaron de representar el 1,8% del PBI en 2023 al 0,7% en 2025, su menor nivel en al menos dos décadas. La recomposición tarifaria fue determinante para alcanzar esa reducción, pero en el caso del gas natural se sumó otro factor favorable: la disminución del costo medio de abastecimiento.
Vaca Muerta conecta Argentina y Brasil a través del gas
Una ventaja estructural hacia adelante
Las perspectivas para los próximos años son igualmente favorables. Vaca Muerta tiene recursos para sostener una expansión prolongada de la producción, y las nuevas obras de transporte permitirán llevar ese gas a los centros de consumo también en los meses de mayor demanda. Así, el país dejará de importar GNL durante el invierno, el último eslabón caro de la matriz de abastecimiento, y el costo medio del gas tendrá margen para seguir bajando. En la misma dirección operará la ampliación de la escala de la actividad asociada a los grandes proyectos de exportación, que también debería beneficiar a los consumidores locales.
Conviene aclarar de qué estamos hablando. Todas estas comparaciones están expresadas en dólares y en términos reales. En pesos, las facturas van a seguir aumentando, acompañando la inflación y la evolución del tipo de cambio. Lo que cambia es que el gas tiene condiciones para abaratarse respecto a otros bienes y servicios de la economía. No nos olvidemos, sin embargo, que el precio del gas al productor es solo uno de los componentes de la factura, junto con el transporte, la
distribución y los impuestos, y sostener la expansión del sistema exigirá seguir invirtiendo en gasoductos, redes y almacenamiento, con una remuneración adecuada para cada segmento.
La exposición a los precios internacionales aparecerá por el lado de las exportaciones: la creciente integración del país a los mercados de exportación seguirá influyendo sobre el precio local. Pero la diferencia es de fondo, porque la Argentina pasará a mirar esos mercados como vendedora, y no como compradora, con niveles de producción mucho mayores.
Durante años, la política energética buscó abaratar artificialmente la energía con congelamientos y subsidios que desalentaron la inversión, deterioraron la producción y generaron fuertes desequilibrios fiscales y externos. La oportunidad actual es muy distinta: que la energía sea barata no porque el Estado fije precios por debajo de los costos, sino porque el país tiene recursos abundantes y una industria cada vez más eficiente para producirlos.
El desarrollo de Vaca Muerta suele analizarse por su impacto en las exportaciones, las inversiones y el ingreso de divisas. Pero hay otro beneficio, menos visible e igual de relevante: gas a costos competitivos, tarifas sostenibles y menos subsidios. Por primera vez en mucho tiempo, la Argentina puede tener energía relativamente barata no a pesar de sus costos, sino gracias a ellos.