Diez años antes, en 2016, ese mismo evento había sido un cóctel para cincuenta personas en un sótano. Antes que eso, una idea masticada en un asado entre amigos. La banda, como toda buena banda, había empezado tocando en garajes.
El asado en Tango & Malbec
"Es una historia linda", arranca Bossio cuando se le pide el origen. "Empezó como un grupo de amigos que veíamos que podíamos colaborar. Teníamos mucho amor por Estados Unidos y por Texas, pero el corazón en Argentina".
Cuatro argentinos expatriados, todos trabajando en el petróleo texano, masticaron una idea entre cortes de carne y copas del terruño mendocino: ayudar a las empresas argentinas a entender el negocio del shale, que en la cuenca neuquina recién daba sus primeros pasos en medio de una crisis energética propia del populismo.
Bossio —ingeniero de Oxy, hoy vicepresidente de la cámara— hace memoria. Los nombres pioneros salen como una formación de fútbol vieja: Pablo Fernández, Giuseppe Liberato, Sebastián Borgarello, Oscar Mari, Victoria Balaban, Esteban Sánchez, Ignacio Carnicero, Mariano Hasperué, Juan Pablo Di Pietro y Rodolfo Viola.
La conversación giraba siempre en torno al mismo eje. Houston tenía 110 representaciones consulares y un enjambre de cámaras binacionales activas; Texas era la segunda economía de Estados Unidos, la doceava del mundo, y para los argentinos seguía siendo geografía desconocida salvo en el nicho del oil and gas. La salida natural hacia los Estados Unidos era Miami: la familia, las vacaciones, los vínculos. La apuesta industrial pasaba por Houston.
"Veíamos a las cámaras binacionales de Colombia, de Brasil, todas trabajando", recuerda Bossio. "Y nos preguntábamos cómo se hacía algo así para la Argentina".
El cónsul de entonces, Daniel Deodato, tendió la primera mano. Las cámaras vecinas —la colombiana y la brasileña— las dos siguientes. La ATCC arrancó así: voluntaria, horizontal, sin staff, con un plan de negocios que proyectaba estructura recién a dos años.
WhatsApp Image 2026-05-08 at 12.13.49 PM
El primer domingo
La fecha de fundación, en términos de la industria, fue el cóctel inaugural durante la OTC de 2016. Lo armaron junto a las cámaras de Colombia y Brasil. Eligieron el domingo a propósito: durante la semana la gente iba a estar atrapada entre reuniones y cócteles oficiales; el domingo podían sumarse a la previa sin culpa. Habían pensado en treinta personas. Aparecieron cincuenta. Al año siguiente, cien. Después, más. Siempre exponencial.
El subsuelo del Hilton de Greenway Plaza quedó chico. Se mudaron a Saint Arnold, una cervecería artesanal con arquitectura de monasterio. La deriva era informal, casi clandestina: una cervecería, un sótano, una sala prestada.
"Era una perrera", se ríe Marcelo Gioffré, VP de Supply Chain de Pan American Energy y uno de los pilares del crecimiento institucional de la cámara. "Yo le decía a Ariel: o lo hacemos en un lugar bueno, o no lo hacemos. Acá no traigo más a nadie".
El sueco y el valvulero
La idea fundacional del programa de internacionalización de pymes —el corazón estratégico de la cámara— le llegó a Gioffré por dos vías muy distintas, separadas por veinte años.
La primera, en 1990. Ingeniero recién recibido, pasantía en la sede de Volvo en Suecia. Un obrero argentino ganaba entonces unos cincuenta dólares al mes; un obrero sueco, dos mil. Cuarenta veces. La cifra se le quedó como un recuerdo siempre presente, de esos que vuelven y no mueren.
-"Si somos todos seres humanos, ¿cuál es la diferencia? El capital. La educación. La organización. El entorno. La diferencia no está en la persona".
La segunda vía fue menos romántica. Veinte años después, ya en Pan American, Gioffré recibía cartas furiosas de un viejo valvulero argentino que se quejaba de que PAE comprara cuerpos de válvula afuera.
-"Yo le decía: flaco, venís y puteás. Pero ¿qué tenemos que hacer?".
Y se respondió solo. Convencer a las pymes argentinas de que también podían exportar. Vos te enojás porque los gringos te meten material acá. Vos también podés llevar lo que fabricás a Houston y hacer que los gringos puteen porque les estás importando vos a ellos. De esa frase nació el programa que la ATCC empujó durante años: traer pymes a la OTC, armar rondas, generar representaciones. Después se sumaron las misiones a China. La fórmula es difícil pero clara: capacitación y competencia.
La noche del Hilton
Toda institución tiene su anécdota fundacional, esa que se cuenta a los recién llegados como rito de iniciación. La de la ATCC pasó en un Hilton, en 2019. Habían proyectado doscientas personas. Compraron comida y bebida para esa cantidad. Tres días antes tenían ciento cincuenta confirmados. Tranquilos.
Pero el hotel estaba lleno. La gente del propio hotel, vestida de cóctel para otros eventos, captó el clima del salón argentino y empezó a colarse. Los registrados saltaron a trescientos veinte sin que nadie pudiera frenarlos. Bossio repartía tickets de bebida; Gioffré los regateaba como en un bar porteño. La comida se acabó antes de la mitad de la noche.
"Se me caía la cara de vergüenza", recuerda Gioffré.
Pero algo más quedó claro esa noche: si tanta gente se colaba en el cóctel argentino, era porque había hambre de Argentina. Lo que faltaba era un escenario a la altura.
La mudanza al Petroleum Club
Después del Hilton vino la decisión que cambió la escala. Gioffré se acordaba de un cóctel mítico de la industria: el que Tenaris organizaba los lunes de OTC en el Petroleum Club. Lo hacía Paolo Rocca y era invitación obligada. Después de la pandemia, Tenaris dejó de hacerlo. Quedó vacante, simbólicamente, el lugar.
"Tenemos que hacerlo en el Petroleum Club", insistía Gioffré. "Vas a ver cómo empieza a venir gente importante. Cómo van a querer venir todos".
La primera vez les costó. La segunda fue otra historia. Hoy hay empresas que se pelean por sponsorear. Hay quejas, también, sobre lo desbordado del piso treinta y cinco.
"Si supieran dónde empezamos", se ríe Gioffré.
La paradoja de la pandemia
Cuando la cámara estaba lista para tener su primer staff —mucho más allá del plan original de dos años—, llegó la pandemia. Lo que Bossio vio venir como amenaza terminó siendo oportunidad. La virtualidad les permitió conectar a los capítulos en simultáneo: Dallas, Argentina, Austin —con Daniela La Rocca—, Buenos Aires, Neuquén, un grupo creciente. La cámara saltó de cóctel a comunidad. Lanzaron el Programa Pyme junto a Pan American: doscientas personas en el primer encuentro virtual. Pymes argentinas que querían entender qué pasaba del otro lado. Ejecutivos americanos que querían entender qué pasaba en la Argentina.
Se transformó, además, en oficina informal de asistencia: durante la cuarentena le pagaban a un contador para que ayudara a las pymes a llenar los formularios de los ATP. La gestión cotidiana entró en territorios que nadie había imaginado.
WhatsApp Image 2026-05-08 at 12.13.51 PM
De voluntarios a estructura
Después llegó la profesionalización. "Primero Priscila como gerenta. Después Josefina, que llevó la organización a otra escala. Misiones a Neuquén, reuniones bilaterales, articulación con las cámaras provinciales", recuerda Bossio. "En diez años, la ATCC pasó de ser percibida como una amenaza por algunos actores locales a ser un aliado al que las provincias y la Nación invitan a coorganizar", agregó.
"Es sinergia", resume Bossio. "Todos entendimos que esa es la forma de relacionarse con el mundo".
Los socios pasaron de ochenta a más de ciento cincuenta.
La cámara se mueve al ritmo de los ciclos políticos argentinos. Durante el gobierno de Macri, las agencias federales estadounidenses los llamaban directamente para presentar fondos y herramientas de inversión: querían trabajar con la Argentina. Vino después la etapa más fría —el cuarto kirchnerismo, el de Alberto y Cristina, ningún americano queriendo subirse al avión—. La pandemia agudizó el cierre. Y la cámara, paradójicamente, encontró ahí su veta: ayudar a las pymes argentinas a salir, capacitarse, diversificar el riesgo argentino.
Con Milei, el humor cambió otra vez. Primero hubo sorpresa por las formas del nuevo presidente; después llegaron las ganas de escuchar; finalmente, el interés concreto. La curva se ve en los números. En la primera misión, en 2022, vino el embajador Mark Stanley solo, sin un empresario detrás. Era un gesto institucional. En 2024, la delegación tenía veinticinco compañías que pisaron el campo y se reunieron con las operadoras locales. Y en la AOG de 2025, cuarenta —recibidas por el secretario de Energía, Daniel González, con una agenda de inversiones, marco regulatorio y escucha sobre los desafíos concretos del inversor americano—.
El campeonato es de treinta años
Domingo a la tarde, piso treinta y cinco. Las quinientas personas no son un número casual: son una década de trabajo que se traduce en metros cuadrados ocupados. La escala del fenómeno que las trajo hasta acá tampoco lo es. Argentina arrancó 2026 produciendo casi 882.000 barriles diarios de crudo —máximo histórico, que dejó atrás la marca de 1998—. Y va por más: "Este año Argentina va a pasar el millón de barriles por primera vez en la historia", anticipó hace semanas el CEO de YPF, Horacio Marín.
Cerca del 70% del crudo sale de Vaca Muerta. Solo Neuquén bombea más de 610.000 barriles por día, una marca inédita para la provincia. En 2025 las operadoras invirtieron en la cuenca alrededor de USD 11.500 millones; YPF anunció USD 6.000 millones para 2026 —el mayor desembolso empresarial del país en el año—, y Goldman Sachs proyecta USD 60.000 millones en energía e infraestructura asociada para el próximo lustro.
Sobre esa base, Bossio mira los datos duros más cercanos a su mundo. Continental Resources —casi 600.000 barriles equivalentes por día a nivel global, entrada a la Argentina en alianza con Pan American—. Los fondos que están llegando vía Harbour, Mercuria y otros. La inminente licitación de quince áreas de Neuquén, que puede atraer a operadoras estadounidenses.
"Las cosas están pasando. No siempre llegan a los grandes titulares de consumo masivo, pero la industria las ve".
¿Es irreversible el desarrollo? La respuesta es casi un manifiesto: "Estados Unidos pasó de producir cinco millones de barriles e importar diez, a ser el productor número uno del mundo y el primer exportador de LNG. Eso no fue lineal: subió y bajó el precio, hubo cuellos de botella, los gobiernos cambiaron de mirada. Pero el destino estaba marcado. En la Argentina pasa lo mismo. La película te dice que ya está pasando. Vaca Muerta no es un sueño. Es una realidad".
Para Bossio, lo nuevo no es el shale. Es la alineación. Y la prueba más visible —dice— está enterrada bajo la pampa: el gasoducto Néstor Kirchner. Lo planificó el gobierno de Macri. Lo construyó el de Alberto Fernández. Lo terminó el de Milei. Tres signos políticos opuestos, una sola obra.
"Es la primera vez en mucho tiempo que ves al gobierno nacional, a los provinciales, a los municipios, a la cadena de valor y a los sindicatos —Marcelo Rucci ayer en primera fila, Guillermo Pereyra en otros eventos anteriores— alineados en una misma dirección. Va a haber fricción, claro. Pero la voluntad está. Eso es nuevo".
Y la frase con la que cierra es la que mejor resume el espíritu de la ATCC, ese que arrancó en un asado en Tango & Malbec y atravesó cervecerías, sótanos, hoteles desbordados, cócteles con coladores y diez años de voluntad: "Esto no termina mañana. No es que metimos un gol y festejamos. Hay que jugar el campeonato del mundo completo. Y el campeonato es de treinta años. Hacia 2035, cuando estos proyectos estén en marcha, vamos a estar en el mapa global de la energía. No el más importante. Pero un jugador que cuenta".
La banda, diez años después, sigue tocando. Y ya están pensando dónde se hace el próximo cóctel, porque el piso treinta y cinco también va a quedar chico. Como el sótano. Como la cervecería. Como el Hilton.
Para la Argentina, la actualidad revela, en palabras de un destacado empresario neuquino, que "hay hambre por la marca Vaca Muerta".