Se trata de uno de los temas más complejos en torno a la producción: el tratamiento de los residuos, su volumen creciente conforme aumenta la producción no convencional, y, por añadidura, por momentos la liviandad y la mala intención con la que a menudo este tema forma parte de la agenda de aquello que se denomina “opinión pública”.
La última de esas controversias tuvo un par de cruces mediáticos: el ministro de Ambiente de la Nación, Juan Cabandié, dijo ante senadores que las operadoras del sector habían hecho poco menos que un desastre en Vaca Muerta. “Es inconcebible lo que está pasando”, planteó, y comentó que la cartera a su cargo había realizado una inspección.
La postura tuvo una réplica de la diputada Alma Sapag, que lo invitó a la provincia a interiorizarse de la situación real, lo cuestionó por realizar aseveraciones de un modo “impune”, y le indicó que el gobierno del que es parte junto con Neuquén logró el despegue de los no convencionales en Argentina, al margen de proveerlo de un extenso detalle de los controles ambientales y los avances jurídicos y de protección que estableció la provincia en medio de ese crecimiento.
Hablar de preservar el ambiente siempre suma en los, de a ratos, obtusos juegos del tablero de ajedrez que es la política. Acaso Cabandié haya incurrido en ese facilismo, si bien hay sectores políticos en la provincia que vieron en esas declaraciones también una puesta en tensión de la soberanía de los recursos petroleros en manos de las provincias que, desde el 2006, tienen el control ambiental en torno a la explotación del sector petrolero.
Al margen de los encontronazos, y el tipo de intereses al que obedezcan las extrañas instalaciones de temas ambientales argentinos en páginas frondosas de grandes medios europeos, lo cierto es que el país tiene ese desafío. Es ni más ni menos que controlar la gran cantidad de residuos que la industria petrolera deja en todas las cuencas productoras, en particular en Vaca Muerta que, parece haber una cierta coincidencia, es ese lugar del que es dable esperar un envión para la estragada economía argentina si finalmente el país logra un acuerdo con los bonistas privados y el FMI. Una política ambiental sostenible como la que desde hace algunos años intenta construir Neuquén. Los datos muestran una realidad: en tres años esos residuos se incrementaron un 83%. Están, de acuerdo con lo que informa el gobierno provincial, sujetos a los protocolos de tratamiento e inspección. Esto, en un momento que podría definirse como la etapa temprana del shale argentino. Esa baja escala que fue determinante para la recuperación de la balanza energética y frenar el giro de divisas al exterior. No siempre es tan claro en temas ambientales: la transparencia es tan determinante como el conocimiento. Y en eso también debe estar la política.