Desde fines de los 90 a la actualidad, la provincia maceró ese vínculo que hoy funciona casi en modo automático con las principales corporaciones petroleras del mundo. Desde entonces, sucesivos gobiernos, con más o menos suerte, con más o menos luces, obtuvieron siempre réditos económicos vinculados al desarrollo petrolero. La nueva joya de la abuela, en versión soñada, que significó el auge no convencional abrió las puertas para otro tipo de posibilidades del país.
La administración de Cristina Fernández de Kirchner acaso luce hoy como la primera en ver ese potencial, una variable sin la que no se explicaría la nacionalización de YPF. Hoy, sin embargo, se observa una suerte de apoteosis de la incertidumbre. Una de las paradojas más grandes que emergen de las diferencias evidentes en torno a la política energética toma estado público de un modo estruendoso: mientras el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, negocia un plan estímulo a la producción de gas, algo que incluyó una primera señal suya con pagos adeudados a las productoras por otros planes de similar tenor, bueno, el Senado, a instancias del kirchnerismo, esa pata fundamental de la estructura del Estado argentino en su versión albertista, le pone una zancadilla a esa intención.
Para las petroleras, que evalúan (pese a todo) cuál será el momento en el que podrían afianzar su curva de inversiones en el país, es otra instancia de la tragicomedia del último año.
Porque, como cuestión de fondo, ¿de qué se habla cuando se habla de seguridad jurídica, esa suerte de latiguillo que sirve para definir parte de lo necesario para que lleguen inversiones?
Parte de eso tiene que ver con el funcionamiento de las instituciones y la política. En Neuquén, en el mejor año de los últimos cinco, ingresaron inversiones por unos 5000 millones de dólares. Hay un consenso entre analistas financieros que el Banco Central de la República Argentina acumula hoy unos 8000 millones de dólares. Es verdad: es como comparar -solo un poco- peras con manzanas. Pero no deja de ser gráfico para señalar lo que está en juego, al margen de los colores políticos y las ideologías, algo con lo que (sobran los ejemplos) las empresas pueden convivir.
Lo complicado para esa convivencia son los dobles discursos y no sostener esos acuerdos de largo plazo, y una exacerbación de ambigüedades dentro de un mismo gobierno, parte de lo peor que le puede suceder a la enorme oportunidad de desarrollo que significa el shale, puesta hoy en tensión por Nación.