A su vez, alrededor del 80% de la demanda de energía primaria se satisface con moléculas provenientes, en su mayor parte, de hidrocarburos como petróleo, gas y carbón. El 20% restante es suministrado por los electrones, es decir, el sector eléctrico propiamente dicho. Las energías nuclear, hidroeléctrica, solar y eólica, entre otras tecnologías que no emiten CO2, ya se utilizan para generar el 38% de esa veinteava parte.
En este contexto, las principales brechas que se deben cerrar para lograr cero emisiones netas son: de generación, la capacidad de generar energía renovable; de red, que se refiere a la distribución; de almacenamiento, ya que será necesario contar con una considerable capacidad de almacenamiento por medio de baterías o centrales hidroeléctricas de bombeo para lograr una transición ordenada hacia una red descarbonizada; de conversión, para pasar del uso de hidrocarburos al uso de hidrógeno; de minerales críticos, utilizados para la fabricación de hardware (como paneles solares o turbinas eólicas) y la de financiación, entre las inversiones realizadas y las inversiones necesarias.
Estas brechas juntas generan una gran volatilidad en sistemas que necesitan estabilidad. No es posible cerrarlas todas al mismo tiempo y que, a su vez, se pueda programar de forma precisa. Las distancias significativas que deben salvarse plantean un serio desafío para lograr una transición razonable y ordenada, por eso es importante pensar de qué manera abordar y gestionar este cambio.
Si bien no todas las soluciones son evidentes, existen esquemas, materiales y herramientas sustanciales para construir el puente y así empezar a cerrarlas. Una de las posibles soluciones para una transición ordenada es la reducción de la necesidad de energía por parte de los usuarios. Impulsar la electrificación, descarbonizar el consumo de hidrocarburos y gestionar la disponibilidad y flujo de energía, son también otras opciones.
“Cerrar estas brechas representa el gran desafío, la obligación y la oportunidad de nuestros tiempos. Se necesita una hoja de ruta coordinada, integral y realista para avanzar y garantizar una transición en la dirección correcta. Es necesario desarrollar un alcance verdaderamente global y, para ello, los países deben adaptar sus medidas a los cambios regionales y globales. Es fundamental que haya un cambio sistémico, masivo y coordinado, como así también el aumento de la capacidad para fabricar vehículos eléctricos, del suministro de minerales críticos, de la producción de electricidad y de la capacidad de carga debe ocurrir de forma rápida y simultánea”, comentó Carlos Scavo, director de Strategy& en PwC Argentina.
Ezequiel Mirazón, socio de PwC Argentina, líder de la práctica de Energía, Minería y Utilities, aseguró: “Las transiciones de energía y movilidad están en marcha. Se han realizado avances significativos en todo el mundo para lograr consenso en torno a las soluciones a largo plazo y ampliar las tecnologías de punta que contribuirán a la descarbonización de nuestros sistemas de energía, industriales y de transporte en respuesta a las amenazas y disrupciones que plantea el cambio climático”.
“Construir un sistema de energía que sea confiable, factible, más limpio y que pueda permitir el crecimiento económico y responder a él es un desafío. La investigación y la opinión pública con frecuencia se centran en el resultado final: dónde estaremos dentro de 30 años. Sin embargo, no se ha puesto tanto foco en comprender la dimensión de las brechas que deben cerrarse para llegar allí”, concluyó.