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PIAP: entre un futuro sostenible y más fantasías

La planta de agua pesada es un símbolo de las frustraciones derivadas de planes mal calibrados, mercados inexistentes y anuncios alejados de la realidad. La producción de fertilizantes puede abrir un buen horizonte.

La Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP), en Arroyito, Neuquén, ha sido durante años un símbolo de las ambiciones nucleares argentinas. También, lamentablemente, un símbolo de las frustraciones derivadas de planes mal calibrados, mercados inexistentes y anuncios alejados de la realidad. Hoy la discusión sobre su destino vuelve a la agenda pública. Es un buen momento para ser realistas y no frustrar -otra vez- a los trabajadores ni a la ciudadanía.

He escuchado recientemente anuncios orientados a la posibilidad de reactivar la producción de agua pesada. El argumento es comprensible: la planta fue concebida para eso. Pero -en principio- los números no cierran.

Hagamos un paréntesis para hablar de la planta. La PIAP es una planta comprada en su momento a una empresa suiza de ingeniería de plantas llamada Sulzer. Esta empresa es la propietaria del diseño. La CNEA en su momento decidió comprar la planta en un contrato llave en mano: fue no solo diseñada sino también construida por los suizos.

No se trata -como a veces se ha afirmado, con entusiasmo un poco irresponsable- de una planta “nacional y popular, de tecnología orgullosamente argentina”. Es una planta suiza, cuyo diseño es propiedad de Sulzer. No tiene nada de malo eso, pero me parece útil ubicarnos conceptualmente, lejos de los discursos embanderados en relatos no relacionados con la realidad.

Por qué la PIAP está sobredimensionada

Asimismo, la planta (una planta grande, probablemente la más grande del mundo) fue concebida para un parque de centrales nucleares (pensado en los 80s) que Argentina nunca tuvo: 6 centrales CanDU, lo que implicaba una potencia instalada nuclear 3 veces mayor que la que tenemos hoy. Una central nuclear de tipo CanDU, como la central nuclear Embalse, en Córdoba (o las 6 que la dictadura militar pensaba construir) carga aproximadamente 500 toneladas de agua pesada (D2O) en su circuito primario. Eso es un stock, se carga una vez. A eso hay que sumarle las reposiciones necesarias por las pérdidas anuales (que son bajas, del orden de 1 % por año, o sea, unas 4 toneladas por año).

La PIAP fue diseñada para producir unas 200 tn/a y no puede funcionar en forma medianamente eficiente para menos de 100 tn/a. Incluso para un parque de 6 centrales CanDU la planta era grande, pero al menos podía sostenerse una narrativa con algún sentido. De la misma forma, cuando se decidió la construcción de Atucha II, ya que teníamos la planta, tuvo alguna lógica reactivarla en tanto se requirieron 600 tn para su carga inicial.

Seamos sinceros: la planta siempre estuvo sobredimensionada. Incluso asumiendo las 6 centrales CanDU, luego de un tiempo iba a ser complicado sostener una planta cuya capacidad está muy por encima del mercado local. De hecho, durante 20 años la planta produjo 1.500 tn de D2O, un promedio de 75 tn/a, menos de lo mínimo para trabajar de manera rentable. Otro mito que se ha instalado es el “potencial de exportación”: de esas 1500 tn apenas el 10% (150) han sido exportaciones reales. En 20 años.

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El mito del mercado exportador

La realidad es que el mercado mundial para el agua pesada es hoy casi inexistente: los pedidos recientes apenas alcanzan -sumando potenciales interesados, que no han firmado contratos ni han pactado precios- unas 80 toneladas anuales, durante algunos años. La PIAP no puede operar de manera rentable a esa cantidad mínima.

Por otra parte, entiendo que no se han firmado contratos. Hay “manifestaciones de interés” que no son contratos firmes sino memorandos de entendimiento (MoU), que no son más que cartas de intención, sin compromisos reales. Nadie -hasta ahora- ha firmado un contrato en firme, ni ha acordado un precio de compra.

Si yo fuera una empresa canadiense que piensa construir centrales nucleares moderadas y refrigeradas con agua pesada (la empresa Atkins Realis piensa avanzar con un nuevo modelo llamado Monark) lo que querría es que la CNEA me ayude a construir una en Canadá, no comprarle agua a una planta situada a miles de km del lugar donde voy a construir los reactores. Y la CNEA tiene los conocimientos para ayudar a los canadienses en eso, pero -recordemos- no es la propietaria de la licencia de la planta.

Y los precios, además, son otro problema. Hoy el mercado internacional se mueve entre los 305 y los 500 dólares por kilo, pero los costos de producción de la PIAP superan los 700 dólares por kilo. Es decir: cada kilo producido genera una pérdida. Es difícil imaginar que un operador privado serio se aventure en un esquema así. Y menos aún que el Estado, con las cuentas como están, deba asumir esas pérdidas para mantener una ilusión.

La chance de la producción de fertilizantes

Conviene recordar cómo llegamos a este punto. Cuando en 2015 asumimos en el gobierno, encontramos la planta parada y deteriorada. La pusimos en marcha invirtiendo más de 100 millones de dólares, no por nostalgia sino para cumplir las deudas contractuales de agua pesada que la empresa mantenía con la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y con Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA). Una vez cumplidos esos compromisos, y ante la cancelación de la proyectada central CanDU, decidimos parar la producción.

Simultáneamente comisionamos a la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional para atraer capital privado y explorar usos alternativos para la planta. Una de las opciones fue transformarla para producir fertilizantes nitrogenados (urea), un mercado mucho más grande y dinámico.

Ese camino no era sencillo. La Agencia concluyó que transformar la planta para ese propósito requería una inversión de unos 600 millones de dólares. En aquel momento, los precios de la urea estaban por debajo de 170 dólares la tonelada, lo que hacía inviable justificar la inversión.

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Pero la situación ha cambiado. Hoy los precios internacionales de la urea más que se han triplicado -en buena medida por la guerra en Ucrania y las restricciones a la exportación de Rusia, uno de los grandes productores- y alcanzan valores que permiten reevaluar un plan de negocios: el precio mayorista en Argentina hoy es de 510 dólares la tonelada.

Para ponerlo en perspectiva: Brasil importa casi 5 millones de toneladas anuales de urea, Chile otras 500.000, y Argentina, aunque se autoabastece, no está hoy en condiciones de exportar. La PIAP, una vez reconvertida, podría exportar hasta 1,1 millón de toneladas al año. A precios actuales, eso se traduce en una facturación cercana a los 600 millones de dólares anuales. Por supuesto, hay que hacer los números completos y calcular márgenes y costos, pero hoy esa opción parece mucho más realista y prometedora que seguir soñando con la vieja gloria del agua pesada.

No caer en nuevas frustraciones

Quizá me equivoque, y tal vez exista un mercado para el agua pesada que yo no advierto. Si alguien lo demuestra, con contratos firmes y precios que cubran los costos, seré el primero en celebrarlo. Pero lo que no debemos hacer es volver a caer en la tentación de anuncios grandilocuentes, contrataciones sin sustento y expectativas infladas que terminan frustrando, sobre todo, a los trabajadores. Eso ya ocurrió con los anuncios de la gestión de Alberto Fernández respecto de la reactivación “soberana” de la planta, que llenaron titulares, pero no las planillas de pedidos ni las cuentas bancarias de la empresa. Y por supuesto, jamás se tradujeron en una reactivación real.

Rescato la buena fe de las autoridades de CNEA de ese momento en la búsqueda de un camino de viabilidad para la planta, aunque creo que es un mal camino. De hecho, al mismo tiempo que la CNEA hacía esos anuncios (que solo generaron gasto público, sin un gramo de producción) la propia operadora estatal de centrales nucleares NA-SA estimaba -en un informe oficial producido en septiembre de 2023- que las cantidades necesarias para el resto de la vida útil de las 3 centrales nucleares argentinas era de 761 tn. Es decir, 8 años de producción de la PIAP al mínimo, para alimentar las necesidades para los próximos 30 años. Es como tener una refinería propia para una flota de 100 camiones y 50 autos.

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Nobleza obliga: incluso durante nuestra gestión, luego de decidir la reactivación de la planta para cumplir los compromisos pendientes, nos entusiasmamos con la posibilidad de mantenerla operando de manera permanente con una producción de 100 tn/a sosteniendo la producción en exportaciones. La verdad es que cuando uno visita la planta, y ve de manera directa la calidad de producción que hay ahí, lo que quiere es que funcione. Pero nos equivocamos y generamos seguramente expectativas en mucha gente.

Hay que aprender de los errores, sobre todo cuando estos son recurrentes a lo largo de varios gobiernos. Por primera vez en bastante tiempo, las autoridades actuales de la CNEA parecen haber entendido que hay que tener los pies en la tierra. Ojalá esto sea el inicio de un camino serio, sin fantasías, que le dé a la PIAP un destino sostenible y productivo.

La planta de Arroyito merece un futuro basado en contratos reales y mercados reales, no en fuegos artificiales pagados por el Estado. La seriedad no siempre es noticia. Pero es lo único que nos va a evitar otra frustración.

* El autor de este artículo de opinión es profesor en la Universidad de San Andrés, director del Programa en Energía Nuclear e Innovación UNTreF. Ex subsecretario de Energía Nuclear de la Nación.